Un texto en primera persona que interpela directamente al odio antisemita, mostrando cómo se construye sobre prejuicios heredados y no sobre experiencias reales. El autor reivindica la resiliencia histórica, la humanidad y la legitimidad de Israel frente a quienes lo rechazan sin conocerlo.
A vos, que me odiás desde antes de conocerme,
Decís que me conocés. Que sabés quién soy. Que entendés lo que represento. Pero no me viste nunca. No a mí. Viste relatos, versiones, sombras proyectadas sobre muros que otros levantaron mucho antes de que vos nacieras. Y sin embargo hablás de mí como si hubieras caminado conmigo, como si hubieras estado ahí, cuando salimos de Egipto, cuando cruzamos desiertos, cuando aprendimos a sobrevivir sin tierra, sin poder y, muchas veces, sin voz.
Yo soy ese que te incomoda porque no desaparece. Soy el mismo al que quisieron borrar con decretos, con hogueras, con expulsiones, con silencios obligados y con palabras que deforman. Soy el que siguió estudiando cuando le prohibían enseñar, el que siguió rezando cuando le prohibían existir, el que siguió construyendo cuando todo a su alrededor era ruina.
Decís que me odiás por lo que hago hoy, pero tu odio es más antiguo que cualquiera de mis decisiones. Cambian las excusas, cambian los argumentos, cambian los lenguajes, pero la estructura es siempre la misma. Me convertís en símbolo de lo que rechazás, en explicación de lo que no entendés, en culpable de lo que te duele. No me mirás: me usás.
Y sin embargo, yo sigo siendo profundamente humano. No soy perfecto, no soy homogéneo, no soy una idea abstracta. Soy millones de vidas, millones de historias, millones de contradicciones. Soy sabios y soy soldados, soy científicos y soy padres, soy dudas y soy convicciones. Soy memoria y soy futuro.
Y sí, también soy Israel. No como consigna, sino como realidad concreta de un pueblo que decidió, después de todo, volver a asumir su destino. Un Israel libre, democrático y fuerte, que no nació del odio sino de la necesidad de vivir, de proteger la vida, de construir en medio de un mundo que muchas veces eligió destruirnos. Un Israel que, como yo, no es perfecto, pero es profundamente real, profundamente vivo.
Podrías seguir odiándome. Podrías seguir repitiendo lo que te dijeron, lo que heredaste, lo que nunca cuestionaste. Pero también podrías hacer algo más difícil: pensar. Mirar. Dudar. Salir de ese relato que te tranquiliza pero te encierra.
Yo, por mi parte, voy a seguir siendo quien soy. Como fui siempre. Con errores, con aprendizajes, con resiliencia. Voy a seguir comprometido con el bien, con la bondad y con el respeto por la humanidad, incluso cuando esa humanidad no siempre me incluya.
Porque eso, precisamente eso, es lo que me define.
Firmado,
Avi Levy
Alberto Levy
(Avraham, hijo de Rafael, de la tribu de los Levitas)